Google+ Followers

Google+ Followers

domingo, 24 de enero de 2016

DEL LADO DE LA VIDA







DEL LADO DE LA VIDA


Escribió Simone Weil que el gran dolor del hombre lo constituye el hecho de que mirar y comer son dos operaciones diferentes. Esto es, mirar  es alertar a los sentidos ante el mundo de las cosas sensibles. Y comer es llevar esa mirada al campo de la experiencia y de la memoria.

Basta mirar para comprender que del tema del amor al de la verdad el tránsito es breve. Sin duda,  el amor es una forma de conocimiento. Recuerdo una vieja historia de Las Mil y una noche en la que un campesino que, estando muriéndose, confiesa a sus hijos que en sus campos hay un tesoro enterrado Los hijos cavan por todo el terreno sin encontrar el tesoro. Sin embargo, con ese esfuerzo las tierras triplican, en los años siguientes, sus frutos. El tesoro no lo vamos a encontrar nunca, pero el mundo que hemos cavado en su búsqueda triplicará los frutos de nuestro espíritu.

Hoy en día el amor es un lenguaje cuyo protagonista principal es el cuerpo, la praxis utilitaria del mundo, la mirada que ignora que lo útil – o lo inútil- es cuanto nos ayuda a hacernos mejores.

Escribió el valenciano Vicent Andrés Estellés:

[…] “Nuestro amor es un amor brusco y salvaje,
y tenemos la añoranza amarga de la tierra,
de andar a revolcones entre besos y arañazos.
¡Qué queréis que haga! Elemental, ya lo sé.
Ignoramos a Petrarca e ignoramos muchas cosas.
Las Estances de Riba y las Rimas de Bécquer.
Después, tumbados en el suelo de cualquier manera,
comprendemos que somos unos bárbaros, y que esto no puede ser.”


Pero, el valor polisémico del sustantivo bárbaro también habla de esa persona ciega y sorda a la presencia del símbolo. Sin lugar a dudas, en el poema está hablando el rey Egerio que toma la palabra en El Purgatorio de san Patricio de Calderón para señalar

            […] Porque quisiera
fiera ansí parecer, pues que soy fiera;
a dios ninguno adoro,
que aun sus nombres ignoro,
ni aquí los adoramos ni tenemos;
que morir y nacer sólo sabemos.



Imagen del bárbaro, hombre ridículamente carente de la capacidad de dialogo, que quizás venga desde el Romanticismo a la modernidad y a  aquel “Retrato” del libro El mal poema de Manuel Machado hasta esa musa del malvivir cuyo ideal de felicidad inmediata nos arrastra a saltar desnudos de cama en cama, después de emborracharnos antes del mediodía, como escribió W. H. Auden: (… getting drunk befoe noon and jumping naked from bed to bed).

Imagen de lo bárbaro que, por otro lado, no está lejos de aquello que late en esa idea de agredir lo bello, de encarnar el mal, que parece estar en los genes de lo actual y lo moderno, para eternizar su barbarie, como si el destructor con seguridad supiera que al atacar a la belleza no está haciendo otra cosa que afirmar su estatura, (erostratismo). Refiere Cervantes en el Quijote:
“lo que cuentan de aquel pastor, que puso fuego y abrasó el templo de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, sólo por quedarse vivo su nombre en los siglos venideros; y aunque se mandó que nadie lo nombrase ni hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato” .”

 Destrucción de la belleza que, muchas veces, más allá de cualquier dialéctica, enmascara una cierta afirmación mecánica de la vida, como una simple contradicción ramplona. Y que, en el fondo, no es más que una forma de subrayar lo perverso, el espectáculo, la mirada.

Sin embargo, como el valenciano, comprendemos que somos unos bárbaros, y que esto no puede ser, que, frente a la frivolidad y el deseo, también necesitamos el esfuerzo de cavar una hipótesis explicativa del mundo. Pues toda barbarie cultural produce una barbarie moral. Jep Gambardella, en la película La Gran Belleza, afirma: siempre se termina así, con la muerte. Pero primero ha habido una vida, escondida bajo el bla, bla, bla, bla.… Todo está resguardado bajo la frivolidad y el ruido, el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo… Y así lo escribió Lope:
…que en la guerra que peleo,
siendo mi ser contra sí,
pues yo mismo me guerreo
¡defiéndame Dios de mí!.

Pero el poeta, el pintor que aspira a lo mejor en todo, debe estar dispuesto a absorber la vulgaridad para transformarla sin ignorarla desdeñosamente. Nada prueba la incompatibilidad entre la praxis y la existencia de un ideal, y, como escribió W. Benjamin, ni siquiera los muertos están a salvo del enemigo si éste vence y éste siempre vence.

 En efecto, señala José Mercado:
Creo que la función primordial del poeta es crear belleza. Si lo ha conseguido, de ella se deducirá toda una gama de valores útiles al hombre en su pequeño mundo de pasiones y cambiante fortuna. Sin partir de posiciones elitistas, existe un deber del poeta, del artista en general, de hacer comprender a los demás hombres que existe otro lenguaje, que no es limitado, empolvorecido y torpe que acorta nuestro propio horizonte humano; que, a través de la obra bella, y usándola como instrumento, se puede luchar contra cuanto entorpece, denigra y humilla al hombre.


No. No hay esteticismo, puesto que toda obra literaria está gobernada por una visión simbólica, la cual trata al mundo como lección de otra cosa que remite a un reino moral, interior, intelectual, y en suma a un régimen de trascendencia.  Ésta es la tarea del Critilo de Gracián en su peregrinar: dotar de sentido a lo que tal vez carezca de él.

Sin duda que el mundo actual ha dejado de creer en la belleza. Nos ha hecho mayores; no sabemos participar de los encantamientos de ese otro mundo de lo humano donde la vida imaginativa, la estética, la cordial, la lúdica, la práctica son aún una sola cosa. Anotó Simone Weil:
En el fondo del corazón de todo ser humano, desde la primera infancia hasta la tumba, hay algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera firmemente que se haga el bien y no el mal. Eso es, ante todo, lo que es sagrado en el ser humano.
El bien es la única fuente de lo sagrado. No hay nada sagrado sino el bien y lo que se refiere al bien.

En fin, si nos comemos el mundo y no sólo lo miramos, hallaremos que el cuerpo es cuerpo en tanto yo lo sé, en tanto en cuanto yo tengo conciencia de él. Así el amor como el cuerpo es un saber, una experiencia, un conocimiento - Se me ha vuelto todo firmamento, escribió Blas de Otero-,  idea que sabe crear dioses y que tiene un más allá de sí misma, un hondo firmamento.

En fin, que nos empleamos en la tarea de hacer significar, hacer hablar a las cosas, porque este dialogo genera una impresión de realidad, una articulación de vida, que bien merece ser vivida, tarea que ha sido el más eficaz  instrumento de paideia.

Sin duda, es el comer una realidad emocional, imprecisa y difícil de describir que, a veces, ni yo mismo entiendo. Dios me entiende y basta dice don Quijote al salir de la tenebrosa cueva de Montesinos.

La poesía, el comer muestra el dialogo mediante el cual se enriquece y desestabiliza lo que llamamos vida. Y lo que pertenecía al campo del poema  interacciona y pasa al campo de la vida de tal manera que uno es otro él mismo, y el otro nos devuelve nuestro ser al hablarnos. La palabra ajena se convierte en semiajena. Como escribió Unamuno: todos nos buscamos a través de los demás, y no hay otro modo de llegar a encontrarse.

El encuentro, la entrega, porque al final mi vida es tuya y tu canto es otro yo mismo, nos ayuda a conocernos como personas. Hablar de amor es hablar sobre ese territorio subjetivo de la interpretación. Recordemos la pregunta don Quijote: ¿fue verdad o fue sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos?”. Y contesta: “hay mucho que decir, de todo tiene”.

El ser del cuerpo, como escribió Emilio Lledó, es un ser dicho, y decir es interpretar, engarzar en el hilo de la lengua. Esto es, comer. Ya nos avisó Lope:

                  La lengua del amor, a quien no sabe
                       lo que es amor, ¡qué bárbara parece!

En este sentido, la lengua del amor es una forma de repetición. Pues repetir es mostrar la fe en el lenguaje, frente al temor de no tener nada que contar. La palabra nace para ser vida frente al silencio, para ser memoria frente al olvido, para ser experiencia, para ser luz de encuentro, comunicación y construcción de lo humano.

La belleza, la palabra, la interpretación es habitar el lugar donde lo humano vive, donde se realiza ese compromiso que el arte tiene con la humano. Porque la palabra afecta a todas las dimensiones de la vida, a la que da una dilatación fabulosa.  El poeta, con su aval de pájaros, suele levantar el rebelde y mezquino idioma para crear un lugar repetido, vivo: otra casa, otra ciudad. Un lugar lejos de la mirada, cerca del saber, del pensamiento. No hay desvelo mayor que elegir, y que nos elija, este manjar fresco que nos marca de forma indeleble en lo intelectual, afectivo, moral, estético.

La naturaleza se ofrece a la mirada. Pero el poeta busca el equilibrio armónico y el juicio ordenado. Para qué los ojos, si todo es lontananza.

El poeta siempre está del lado de la vida, como escribió el granadino Antonio Carvajal. Porque la vida es, a fin de cuentas, el mejor de los libros. Todo poeta escribe su autobiografía. Real o ficticia, que más da. Y su fin es dar a ver lo que le es dado, como en la historia del tesoro escondido de Las Mil y una noche. Por eso debemos hablar de belleza en el poema, porque en cada poema la lengua aspira a ser más que a decir. Por eso el poema es, más que visual, música. Música por la temática y por el ritmo, o por ambas cosas a la vez. Pero sobre todo, porque la música es una moral: la redención moral del mundo.

MANUEL SALINAS

              Del libro. Y PORTUGUESA EL ALMA