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miércoles, 20 de noviembre de 2013

VIVIR EN LA PALABRA

           

“…como no soy, ni puedo ser otra cosa que literatura”
Frank Kafka.


Desde muy joven hay gente que tiene el atrevimiento de querer ser poeta, la extravagancia de desear con todas sus fuerzas que la poesía sea la manera que ellos van a tener de estar en el mundo. Por eso, la poesía ha sido, y es, la manera que hallan de vivirse.

Y a ese empeño dedican todas las horas que tiene el día, incapaces de prescindir de ella un instante. Como escribió Gustave Flaubert: “No leas, como hacen los niños, para divertirte, o como hacen los ambiciosos, con el propósito de la instrucción. No, lee [escribe] para vivir”.

Por esto la poesía no es una mera manifestación cultural sino la más sincera expresión del fondo mismo de un alma. Esto es, la poesía no es una destilación de saberes sino algo constitutivo y esencial de un ser más hondo y más real.

Ya lo sabemos — y perdonen la broma—, los dioses existen porque están en nuestro interior y el problema surge, no cuando nosotros hablamos con ellos sino cuando ellos hablan con nosotros.

De este modo, la poesía, ese bello silencio divino, el clamar al cielo frente al papel en blanco, nos salva incluso de nosotros mismos al dejarnos ese estado de soledad interior, esta especie de abandono espiritual, aquel no sé qué del místico de después que me miraste.

En fin, es el primado gnoseológico del hombre en su pensamiento: “…Cor meum, ubi ego sum quicumque sum”, la manera que tiene la poesía de decir que sólo lo imaginario, lo poético, es real y de no aceptar el pulpo como animal de compañía ya que la poesía es una forma sensible de la verdad y la experiencia más profunda de ella: un rey en un país lluvioso, como advirtió Charles Baudelaire.

Por esta causa, el poeta se vive a si mismo plenamente en el feliz recogimiento del poema, que es una realidad vital tomada como destino porque ya nada puede hacer para escapar. Ha oído la voz de la sirenas y se entrega atado al mástil al paradójico ser del lenguaje, se abandona a su embaucamiento, a su enloquecido canto —donde es fácil equivocarse—, pero no por falta de generosidad o de entrega sino de luz y de acompañamiento. Esto es, el poeta se entrega a la escritura en su doble dimensión de don y de fatalidad porque ella es ángel y nocturno látigo al mismo tiempo.

Y la vida, la poesía, está reñida con la seguridad, es noche —infinita— y hay que saber aceptar el movimiento, el cambio; porque el poeta sabe que la inseguridad es la manera de hacerle sitio a la vida, a la pérdida, a la niebla.

Sin duda que la vida, que el cambio, es riesgo, un apostar por lo perdido, un renunciar a lo seguro, ya que la vida encaja mejor en la  risa de la comedia que en los conceptos rígidos de la tragedia; porque la vida se ríe de los errores y no existe ningún motivo para no ser feliz.

Por esto, la escritura nos enseña a mirarnos con otros ojos, a vernos de otra manera en el descubrimiento de lo remoto, en la permanencia de las cosas — “como no soy, ni puedo ser otra cosa que literatura”.

Y cuando algún poema tiene la apariencia de que es un trozo de vida, son esos poemas, por el contrario, los que mejor nos muestran que la verdadera obsesión del poeta es la escritura: la poesía. Él vive atento a la palabra, quemándose en su fuego, porque la palabra —la Belle dame sans  merci—,  acaba siendo vida y la vida, palabra.

Hay en esa actitud una suerte de desmesura, de enormidad shakespeariana, de ardor guerrero por la palabra que ya no nombra a las cosas del mundo, que ya no las ilumina sino que les ofrece la nueva vida nocturna de una azul canción, que es ruiseñor en la sombra y alondra de luz por la mañana, como anotó Rubén Darío.

Porque no hay que compartir las razones de la luz sino aceptar la silenciosa oscuridad como condición humana, ya que cantar es decir mucho de la noche, de la lucha interior de un corazón que ha puesto sus esperanzas en las cosas que no ve, pero que son reales —escribió Jorge Luis Borges: “ sólo perduran en el tiempo las cosas que no son del tiempo”—, porque las que se ven son sólo un momento y no nos liberan de la contingencia del abismo de una nueva desolación.

Así las cosas del poeta, que tiene que construir una fe que se adecue a una cosmogonía subjetiva, a una religión poética e  íntima; porque el hombre moderno es un gnóstico, un peregrino hacia la noche de una religión personal e intuitiva, y como escribió Novalis. “es en nosotros, y no en otra parte, donde se halla la eternidad”.

Mas este peregrinar, ese ir al interior, aquel viajar a lo hondo del que advirtió Juan Ramón Jiménez en su Diario es un viaje hacia donde se desvanece lo material, lo narrativo, y todo ya es viva ascua que permite el retorno de lo divino perdido para poder vivirse en la fe de la palabra.

En este sentido de la prosa, del esprit de la gèométria, en la película La Ricotta, el poeta Pier Paolo Pasolini, respondiendo a la pregunta, ¿cosa pensa lei, come marxista, supra la morte?, dice: “ È un fatto che non prendo in considerazione”. Esto es, cuando la meta es un Absoluto, un silencio impuesto, la fuerza de la ocasión de hablar se banaliza y desaparece. Pero debe existir la posibilidad de la palabra, siempre, aunque no se tenga nada que decir.

En fin, frente a la obsesión de la prosa por el realismo, la poesía (espirit de finesse), ese oro agonizante que murmura la fiesta de la palabra, ese llamear de los ángeles sólo existe si está en nuestro interior, porque la noche es lo único que nos pertenece; somos dadivosos reyes y feroces dioses de un país sin sol.

 Y aquel “no ser otra cosa que literatura”, del que hablabamos al principio, es lo que ocupa el lugar más alto de nuestra jerarquía estimativa, nuestro “ordo Amoris” o nuestro “sagrado”, como lo llamó María Zambrano. Porque, sin duda, el poeta es aquel que proclama que existe una noche de oro más allá de la Noche.


MANUEL SALINAS